La primera vez que alguien leyó mis novelas

Actualizado: 29 jun

La primera vez que alguien leyó mis novelas lo hizo de una forma que me había de quedar marcada por siempre.




Jesús era mi compañero de redacción o, mejor dicho, el “encargado” de atender a la muchacha qué llegaba a Granada para hacer unas practicas en el periódico y no hablaba una palabra de español. Mentira, sabía por lo menos diez, pero ya ven lo exagerados que son los sureños.

Con cinco minutos de conversación ya sabíamos que nos gustaba Saramago, compartíamos el mismo signo zodiacal y odiábamos comer solos. Imagínese cinco meses después, el mundo habíamos creado con dos lenguas, dos veces, dos generaciones distintas…





Una de esas noches, en que me había quedado a dormir en su departamento, recuerdo que al despertar lo vi leyendo unos papeles. ¿Qué haces?, pregunté. “Estoy leyendo tu novela. “Pero cómo, ¿si solo la tenía en la computadora?, “Bajé al locutorio a imprimirla”, “¿De madrugada?”.

Me acerqué, vi los cigarrillos en el cenicero y me senté a su lado. “Jesús”, dije y me sirvió de ambos propósitos, pues lo que quería decir era: Dios mío y donde me escondo ahora. Me senté a su lado, me extendió el brazo cómo un camarada y dijo: “Eres muy buena, pero debes mejorar”.

Horas antes, con ese acento a mitades que era más portugués que español, copa en la mano y el acolchado sobre los hombros, me mordía las risas para no molestar al vecindario, mientras le iba leyendo en voz alta las primeras paginas. Lo que no imaginé fue que me despertaría y Jesús terminaría pasando la noche en vela para leerla.

Ha sucedido hace más de diez anos y todavía lo escucho. Todavía tengo sus ojos minúsculos detrás de las gafas y su aire decisivo diciéndome: “Eres muy buena, pero debes mejorar. Tienes que encontrar tu voz y hacer que la gente te pueda conocer por tus escritos.”

Pasamos el resto de la mañana sentados lado a lado, repasando sus anotaciones. Afortunadamente, no hubo distracciones. Mi memoria no me falló cómo me falla tantas veces cuando intento recordar el pasado y todas esas horas quedaron grabadas, cómo artículo de periódico.

Y, agradezco que así haya sido, porque fue también una de las últimas que tuve a su lado.

Los tiempos que se siguieron fueron turbulentos. La crisis del 2010 en España echó mucha gente a la calle y entre ellos Jesús. A sus cincuenta años era difícil volver a conseguir empleo, no solo cómo periodista, sino que en todo tipo de oficios.

Un año después, sin noticias suyas y viviendo del otro lado del océano, me di cuenta al abrir el periódico que se había suicidado.




Por ese entonces vivía en Buenos Aires y ese diciembre, qué debería haber sido de fiesta y celebración, fue de sufrimiento y nostalgia.

La única forma de tuve de atenuar esa herida fue seguir escribiendo. Y a día de hoy, a punto de publicar mi novela no solo lo hago para honrar su memoria, sino también lo hago en una lengua que si el a día de hoy estuviera vivo la pudiera entender.

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